Adáptate al público (hasta cierto punto)

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En algún post anterior he mencionado la importancia de “leer” el tipo de público que tienes delante, su rango de edad, su condición social, su estado de embriaguez, si hay mayoría de hombres o de mujeres, si han pagado entrada, si están sentados o de pie etc…

Todos esta información previa te puede ayudar a adaptar tu repertorio, tu tono y tu forma de expresarte para empatizar con ellos (cuanto más empatices, mejor saldrá el bolo). Pero existen límites. En uno de mis últimos bolos cometí un pecado cómico del que me arrepiento y paso a relataros, en parte como penitencia y en parte para tratar de sacar una enseñanza, por pequeña que sea…

EL LOCAL DE LA MUERTE

Para variar me tocó inaugurar ciclo de actuaciones en un local nuevo. Apelando a mi larga tradición de desvirgar garitos me propuse ir con la mente despejada y preparado para cualquier contingencia. No contaba yo con tener un día complicado y acumular cansancio mental, pero eso no es impedimento con un buen chute de adrenalina pre-bolo.
El caso es que llegué al local y la primera pista del apocalipsis llegó en forma de ruido ensordecedor. Se trataba de una tasca diáfana y medianamente grande, llena hasta la saciedad de jovenzuelos con cervezas y cubatas en mano que al verme entrar empezaron a gritar: “Eh! Follonero!! Cántanos la de bu neno es lo que hay!!”. Mi sentido arácnido empezó a zumbar y un DANGER DANGER se dibujó en mi mente.
El local no tenía equipo de sonido así que cogí el mío del coche y lo monté, mientras aumentaban los gritos y fluía el alcohol. Más pistas para el apocalipsis: no se cobraba entrada, no había carteles anunciando la actuación (solo uno en la puerta sin foto, anunciando “Monólogo de Víctor Grande a las 22:00″ y punto) y justo detrás de mi estaba la puerta hacia la terraza de los fumadores. Mal rollito, Maricarmen.

RESPIRANDO Y TRANSPIRANDO

Enchufados todos los bártulos probé el sonido y me di cuenta de que mi ampli no iba a ser suficiente para que en la zona más alejada se escuchase correctamente. “Vaya, habrá que gritar un poco.”
Decidí respirar cerca de la gente que estaba más próxima al no-escenario (no había tarima) para ver de qué palo iban. Algunos ya me habían visto actuar. Bien, podré apoyarme en ellos. Otros me decían cosas como: “Si vas al baño no te metas mucho, eh?” Mal. Jovenes drogatas con alcohol en la mano = van a querer ser los más graciosos del local e interrumpirme.

EMPECEMOS CUANTO ANTES

Atenuación de luces de local. Normalmente la gente enmudece sabiendo que va a empezar el show. Nada más lejos de la realidad.
Cojo el micrófono y lanzo el primer “venga, vamos a empezar! Un aplauso para el monologuista!!” (a falta de presentador, yo me lo guiso, yo me lo como). Bien, primer aplauso. Ahora vendrá el silencio y mi rollo empezará a fluír. MEC! Error! La mitad del local seguía hablando (los del fondo) y la otra mitad trataba de escuchar mis primeras palabras, para “ver de que coño va este tío”. Pero no pudo ser.
A partir de ahí, el infierno. Tiré de recursos baratos, como ponerme a cantar gritando canciones tradicionales galegas, tratar de hacer callar a los borrachos más próximos etc… Pero nada, cada vez el ruido era más ensordecedor y cada vez eran más los graciosos que trataban de hablar más alto que el tio del micrófono.
Y ahí cometí el pecado. Bajé el listón y empecé a tirar del caca-culo-pedo-pis, del sexo gratis, de los tacos y de la exageración del acento. Dejé toda mi esencia, para tratar de salvar lo insalvable. Pensé que quizás así podría captar la atención y tratar luego de reconducir, pero era una batalla perdida.
Y entonces paré la actuación. Tiré la toalla.
Cambié el tono y dije, con total seriedad, sin guiños, sin buen rollo, desde mi persona y no desde mi personaje algo parecido a esto: “Mirad, así no se puede actuar. Os pido por favor que os calléis si queréis atender y si queréis hablar hay otros muchos locales ahí fuera mucho más caros que este. ¡Joder! Que esta actuación os está saliendo gratis, que este local os está ofreciendo un espectáculo de humor y vosotros estáis faltando al respeto a la gente que quiere escuchar y a mi mismo.“
Y ahí llegó el aplauso. Desde diferentes sitios del local hubo gente que se levantó para aplaudir y a asentir con la cabeza. Y fue por ese motivo y solo por ese motivo, que decidí continuar. Propuse hacer el descanso y que a la vuelta, los que no quisieran atender que se fuesen. Fin de la primera parte.

DESCANSO Y RECAPITULACIÓN

Durante el descanso mi cara de agobio tenía que ser terrible porque mucha gente vino a hablar conmigo. Os lo agradezco de corazón. “Esta gente es una maleducada.” “Siento vergüenza ajena por esta panda”. “Yo he visto muchas actuaciones en directo y es la primera vez que veo semejante falta de respeto”. Gracias, de verdad.
Por toda esa gente hice una segunda parte que salió realmente bien, con canciones, con juegos con el público, risas y aplausos. Vamos, como siempre. Al final, muestras de agradecimiento y disculpas de la gente que quería ver el show, disculpas por parte del dueño del local y para casita a descansar, que el gasto de energía había sido superior a la media.
A mi modo de ver, el error más grande que cometí fue la parte en la que dejé de lado todo mi estilo y traté de transformarme en un ridículo cómico soez y chabacano que pudiera hacer gracia a una panda de descerebrados. Ese fue el pecado. Lo que tendría que haber hecho es lo que hice a continuación: parar la actuación y tomar la decisión de no seguir actuando si la actitud del público no cambiaba. Eso es echarle huevos y mantener la integridad.
Podría haberme costado que el local no me quisiese pagar, que el público empezase a hablar mal de mi por ahí, no volver a pisar nunca la localidad donde actuaba, pero al menos habría mantenido la coherencia. Menos mal que tras romper la actuación esa gente que realmente quería ver el show me regaló la posibilidad de enmendar el error.

EL CONSEJO

Si un bolo no funciona, analizad el motivo. En muchos de los casos será culpa vuestra: el show no es bueno (lo que cuentas no tiene puta gracia, coño, que puede pasar!!), hoy no tenéis un buen día, no habéis empatizado etc… Pero otras veces la culpa será de otros: el local no reúne las condiciones adecuadas, el público no respeta vuestro trabajo, el dueño del local prefiere no mojarse y no echa a los alborotadores para conservarlos como clientes, no se ha publicitado lo suficiente y hay poca gente, etc… mil cosas. Analizad el motivo y tratad de subsanarlo para la próxima vez.
Tratad de salvar el bolo hasta el último momento, pero si llega el caso en que es sencillamente imposible, dajadlo ahí. Parad la actuación, decidle al dueño que así no se puede y en caso de que no sea vuestra culpa, exigid que se cambien las condiciones. Si el dueño no quiere tomar cartas en el asunto, le decís que os pague y os vais. Y si no os quiere pagar cuando la culpa esté claro que no es vuestra, le comentáis que os encargaréis de que se extienda la voz entre la comunidad de cómicos para vetar ese local. Si aún así no os paga, no volverá a programar monólogos jamás.
Siempre he hablado de la adaptabilidad como buena cualidad de un cómico, pero hoy quiero hacer ese matiz de hasta cierto punto. Nunca perdáis vuestra verdadera esencia, nunca dejéis de lado vuestro modo de hacer humor, vuestra forma de ver el mundo, en pos de un aplauso extra.

¿Qué es mejor? ¿Gustar haciendo lo que te gusta o tratar de gustar fingiendo?

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