Sólo llevo doce años haciendo comedia

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Han pasado ya más de doce años desde que me subí a un escenario por primera vez, ¿sabes? Y hoy, no se porqué, me acordé de aquella primera época en la que nadie sabía nada y todos tratábamos de entender el fenómeno de la incipiente nueva comedia en España.

Por aquel entonces El Club de la Comedia, con su fórmula de famoso-al-que-le-escriben-un-monólogo-y-lo-interpreta, o Paramount Comedy con sus nuevos cómicos, que escribían e interpretaban sus propios textos, empezaban a calar en aquellos que por azar o por destino acabamos haciendo de este un oficio.

Recuerdo aquellos primeros bolos en bares, cobrando una miseria, teniendo que pagar la bebida que consumíamos, haciendo nuestros propios carteles y entradas… Recuerdo cómo cualquier texto que escribíamos nos parecía aceptable para exponerlo en público. Recuerdo esas noches en las que vomitábamos los textos, sin interacción con el público, sin apenas acting, sin empatía.

Recuerdo el miedo, los problemas de estómago, la voz quebrada al salir al escenario, el vértigo, la sangre bombeando a toda hostia, el sudor…el primer aplauso, la felicidad.

Recuerdo aquellas primeras noches de fracaso, en las que notabas como te desinflabas a medida que ibas “soltando tu rollo”. La gente perdía la atención, empezaban a hablar, dejaban de mirarte y los borrachos te reventaban el bolo. Y entonces se te caía el alma a los pies. Pero seguías, aguantabas porque tenías que acabar el texto, porque tenías que terminar el bolo a toda costa. Aquellas primeras veces sirvieron de criba para la gente que no pudo aguantar. Sirvieron para bajarnos los humos, para hacernos más autocríticos.

Pero también recuerdo aquellas primeras noches de éxito. Aquel subidón de adrenalina con cada aplauso, aquel relámpago en el ego, aquellas felicitaciones de desconocidos, aquella sensación de estar haciendo algo grande con el poder de la palabra. Recuerdo el primer local del que salí en una nube, flipando con la conexión que se había generado con el público. Aquel fue el momento en el que supe que la droga había entrado en mi para quedarse.

Recuerdo que al principio era más fácil, porque todos éramos vírgenes, tanto cómicos como público. Recuerdo que cualquier chiste, cualquier anécdota, cualquier gag valía para que la gente se lo pasase bien. Recuerdo caer en tópicos sobre sexo, política, religión, escatología, ¿he dicho sexo?…

Pero también recuerdo momentos de tenerme en muy alta estima y creerme muy gracioso, escribir un gag y soltarlo para no recibir más que el sonido de los grillos. Recuerdo lo mucho que me afectaban las críticas negativas. Antes, una mala actuación me hundía tres o cuatro días en la miseria. Con las buenas actuaciones la euforia duraba hasta el día siguiente.

Recuerdo lo jóvenes que éramos, los concursos de monólogos, los bolos compartidos, los recelos encubiertos, las amistades forjadas alrededor de la comedia. Recuerdo a compañeros que hace años que no se suben a un escenario y también recuerdo a los que hoy triunfan por todo el país.

Hoy recuerdo todo esto y pienso en lo que aún está por venir. Falta tanto estudio, tanto aprendizaje, tantas noches buenas y tantos batacazos que me abruma pensar que YA llevo doce años haciendo comedia. Pero, visto desde otro punto de vista…SÓLO llevo doce años haciendo comedia.

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